| Alcalde |
| Alcalde Arzú ante el Pleno del Congreso |
Discurso en ocasión de la conmemoración de los 188 años de independencia |
Ciudad de Guatemala, 10 de septiembre de 2009/ Quiero agradecer al Señor Presidente del Congreso la invitación a participar en este acto de Celebración de la Independencia de nuestro país. No hay, quizás, mejor ocasión ni lugar para reflexionar sobre el sentido histórico de nuestra independencia, y esto, es el privilegio que tengo de hacerlo en el seno mismo del Poder Legislativo, donde, día a día, se dan cita todas las instancias políticas que representan a los guatemaltecos. Pero cuando digo que no hay mejor ocasión, no sólo me refiero a que en estas fechas celebramos nuestra emancipación del poder transcontinental; lo digo también pensando en lo difícil que es este momento por el que atraviesa nuestra Guatemala, claro está, junto a otras naciones de nuestro hemisferio.
Todas las épocas y las culturas dominantes del planeta han tenido una serie de valores que se consideraban incuestionables. En la Edad Media, por ejemplo, el pensamiento giraba en torno a la religión, y nadie, nadie se atrevía a desafiar las verdades reveladas, pues éstas servían de modelo, no sólo para la vida individual, sino también para la vida social. Hoy, en el mundo moderno, detrás de una máscara de tolerancia y libertad de opinión, también tenemos algunos valores que se consideran incuestionables.
Uno de ellos precisamente, y es el que me gustaría abordar en esta oportunidad, es LA DEMOCRACIA. LA DEMOCRACIA se considera la panacea de la sociedad actual, y se ve con desconfianza y reproche a aquellas sociedades que por razones históricas, religiosas, políticas o culturales, no se ajustan a esa idea estadística de una democracia representativa. Yo siempre he propuesto que la democracia tiene sentido cuando es debidamente dirigida, cuando se dirige la democracia.
La Comunidad Internacional (término un tanto vago que esconde los intereses de las grandes naciones más poderosas del planeta), al igual casi que la Santa Inquisición del pasado, se permite “corregir” esas perversas desviaciones. Basta escuchar a muchos representantes decir que su objetivo más importante en el Tercer Mundo, o sea nuestro mundo, es la consolidación de las democracias incipientes, o sea esas democracias incipientes somos nosotros, y dicen, facilitando que allí, en el seno de nuestro subdesarrollo, se fortalezcan las instituciones democráticas del mundo libre.
Con todo el respeto que me merece la Comunidad Internacional y su ideología democrática, permítanme disentir de este “noble” propósito que, en el momento presente, se nos ha convertido más en una carga que en una ayuda para nosotros. ¿Por qué digo que es más una carga que un apoyo? Pues bien, porque la imposición externa de un modelo que no permite la expresión del carácter propio de nuestra sociedad, se convierte en lo que yo llamo casi un “saqueo de instituciones”. Sí, un saqueo, como sucede cuando una fuerza conquistadora invade un poblado y empieza a robar y destruir lo que encuentra a su paso. Después, cuando la tormenta ya pasó, lo único que queda son ruinas, estructuras vacías, casi como un paisaje de utilería.
Como cualquier otra nación del continente americano, Guatemala, y los guatemaltecos, hemos estado en busca de nuestra propia identidad, desde el momento de nuestra independencia. Al principio nos anexamos a México, con la idea precisamente de soportar de una mejor manera los embates de las naciones que querían mantener o imponer una nueva colonia en nuestro territorio. Posteriormente iniciamos la vida independiente, pero lo hicimos de una manera muy especial: construyendo una federación republicana de naciones centroamericanas.
Es claro que esta figura corregía la anexión a México en que los países centroamericanos nos sentíamos más cercanos, más identificados histórica y culturalmente. Finalmente, justo a la mitad del siglo XIX, vino la gran revolución conservadora y liberal que destruyó la Federación y surgieron los Estados que tenemos actualmente. Ahora bien, y este es un dato interesante señoras y señores, es en este preciso momento en que surgen dos figuras fundamentales en la historia de nuestro país: Rafael Carrera y Justo Rufino Barrios. Carrera, que ha sido olvidado, es un personaje clave en nuestra historia.
Fue el presidente que le dio forma al Estado Guatemalteco. Se le ha visto como un títere iletrado de los grupos conservadores, pero no era así; recientes investigaciones han mostrado que, contrariamente a lo que hemos creído, durante muchos años, Carrera fue el líder, el caudillo incuestionable de un movimiento campesino que se levantó contra las élites capitalinas. Ya en el poder, sabiamente, Carrera atendió sus demandas, combatió los abusos contra los campesinos, protegió sus tierras y abolió las adjudicaciones a extranjeros. Pero no lo hizo para cumplir con una promesa. Lo hizo porque sabía que con ello le estaba dando contenido a las nuevas estructuras republicanas, de nuestra república. Casi podríamos decir que fue Carrera quien le dio un respaldo, una realidad al modelo republicano. Barrios, por su parte, que representa el fin de las ambiciones de unificación regional y el principio de una república liberal, modernizó al país y dio paso a un nuevo pacto social que tuvo como resultado la emergencia de una industria bastante creciente.
Pues bien, hoy en día, casi 150 años después de aquellos eventos históricos, volvemos a enfrentar, mis amigos, una crisis muy profunda. Tan profunda como para que no sea descabellado pensar que abarca prácticamente a todos los ámbitos de la vida nacional: abarca la familia la crisis, abarca a los estratos sociales, a la política, a las instituciones, a la empresa, a la religión, la comunicación social, a la prensa, a las economías tradicionales y a las economías emergentes, y un largo etcétera, imposible de poder enumerar. Hoy, como hace más de un siglo, Guatemala enfrenta el punto culminante de un proceso de debilitamiento del modelo político heredado del pasado; en nuestro caso se trata del Modelo Liberal.
Los enormes cambios mundiales de finales de los años ‘80s: la desaparición del bloque soviético, la emergencia de una economía global, el surgimiento de grupos minoritarios en la escena política y sus demandas de espacios de autogestión y política social, cambiaron para siempre la dinámica interna de los Estados-Nación alineados a cualquiera de los bloques hegemónicos de la Guerra Fría, que creemos ya es superada. Pero el tema del declive de un paradigma es muy amplio. Hoy me gustaría concentrarme, si ustedes me lo permiten, en la que es quizás la más inmediata de las características más nocivas de estos tiempos de crisis. ¿Saben cuál es?: el debilitamiento de nuestras instituciones. Nunca, me parece, habíamos llegado tan lejos en este proceso de deterioro de nuestras instituciones. Dicen los psicólogos que para superar una crisis hay que tocar fondo primero. Bueno, en mi humilde diagnóstico del estado y de la sociedad guatemalteca, un signo inconfundible de que si no hemos tocado fondo, estamos muy cerca. Y es precisamente el hecho lamentable de que las instituciones significan cada vez menos para los guatemaltecos. Y en este sentido, hay tres cosas que me gustaría puntualizar, si ustedes me lo permiten:
¿Por qué propongo un modelo cívico-militar de educación? Pues por una razón muy sencilla, parece volver al pasado, parece retrógrado que lo proponga, pero aquí va mi razón: cuando una institución se deteriora es porque pierde autoridad, y cuando pierde autoridad, pierde potestad, pierde legitimidad, dicho de una forma más sencilla, se le pierde el respeto. Es importante recordar que los guatemaltecos, a pesar de que decimos querer mucho a nuestro país, no lo respetamos. ¿Ustedes creen que todavía se mantiene la autoridad y el respeto en muchas familias guatemaltecas donde hay hijos vinculados a las maras?, ¿ustedes creen que esas familias, muchas de ellas desintegradas, todavía pueden rescatar la educación de sus hijos y orientarlos por un camino de bien y de respeto? Yo pienso que es muy difícil, por no decir imposible. Y es allí, mis amigos, donde se hace necesario la acción del Estado, es allí donde es necesario reencauzar la vida de esta juventud. Pero a diferencia de la familia, el Estado debe inculcar también valores cívicos, valores de convivencia, los valores que promueven el respeto y la disciplina y, por ende, que restablecen la autoridad de las instituciones. ¿Creen ustedes que es casualidad que en la actual crisis las instituciones más desprestigiadas sean, precisamente, las encargadas del orden, las que representan la autoridad, el respeto a la propiedad y al derecho ajeno? No, de ninguna manera. No es ninguna casualidad.
¿Por qué propongo una unificación de Centroamérica, y ésta a través de la creación de lo que he dado en llamar los Estados Unidos de Centroamérica?, que quizá puede empezar con Guatemala, El Salvador y Honduras, el que se debió llamar en una época “el Trifinio”, es un triángulo, porque la historia no siempre tiene una estructura lineal, muchas veces tiene un comportamiento cíclico. Hace 150 años, ante la amenaza extranjera, ante el intervencionismo de las naciones e imperios poderosos, veíamos la necesidad de pertenecer a una región fuerte, de estar unidos, esa era la necesidad. Hoy, como ayer, estamos amenazados por esas ambiciones de intervención. Lo vemos en las políticas económicas internacionales, en el dinero político de los Derechos Humanos que compra voluntades en la sociedad civil, y en el discurso apocalíptico que se nos presenta como una profunda destrucción anticipada. Hoy, como ayer, se hace evidente que no podemos subsistir solos, pero tampoco podemos ser marionetas, sin capacidad de movimiento, en las manos de intereses de las grandes potencias. Hoy, como ayer mis amigos, la única salida que tenemos es la creación de una figura intermedia: ni el vulnerable Estado-Nación, ni el Estado Asociado a alguna fuerza internacional que sólo nos vuelve cautivos, sino el Estado-Región, sólido hacia fuera, fuerte en la negociación, y amplio en su interior, democrático, abierto a la diferenciación y al cultivo de la vida local.
Necesitamos rescatar nuestra sociedad, necesitamos rescatar a nuestro país, necesitamos rescatar a nuestra juventud, necesitamos rescatar nuestras instituciones. Volvamos a los valores que hacen legítimo el poder, los que facultan la instauración del orden y el respeto por el otro ser humano. No permitamos que nuestras familias se desangren. La política y el diálogo humano sólo debe estar al servicio de una cosa: la vida. Y Dios está tocando a nuestra puerta, ¡abramos! Quiero terminar con un pensamiento que me lee mi esposa todos los días, que dice así: “Si mi vida no da frutos, qué importa que me feliciten; si mi vida da frutos, qué importa que me critiquen”. Muchas gracias.
La Nueva Guatemala de la Asunción, 10 de septiembre de 2009
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