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Internacionales
 

Sin metro y varados en la inmensa cola

Crónicas desde Londres por Begoña Arce
 
Municipalidad de Guatemala
Artículo publicado en el diario español elPeriódico.com

Ciudad de Guatemala, 22 de junio de 2009/ Si hacer cola es el deporte favorito de los británicos, puede decirse que, en Londres se disputan los grandes campeonatos de la especialidad.

 

Millones de personas se han convertido en participantes involuntarios de una prueba para la que hay que tener los nervios muy templados. La huelga de 48 horas en el metro londinense, decretada por los sindicatos del transporte, ha dejado a la capital y sus habitantes completamente vendidos.


Se mire donde se mire, en Londres solo hay colas. Inmensas, desesperantes y lentas colas. «Tengo que llegar a mi trabajo en la city a las 8.30 y, aunque llevo casi 45 minutos tratando de tomar un autobús, aún no he podido subir a ninguno que me deje medianamente cerca», contaba un abogado trajeado, en High Street Kensington, que, a pesar de haberse levantado bastante más pronto de lo habitual, iba a llegar tarde a la reunión con un cliente. «Claro que él me acaba de llamar y está metido en un atasco colosal», decía el letrado aferrado al móvil y relativamente aliviado, al comprobar que su padecimiento era un mal generalizado.


El tráfico, desde luego, fue durante todo el día una masa pétrea que se deslizaba a la velocidad de una tortuga jurásica. En la estación de ferrocarril de Paddington, los viajeros que llegaban en el expreso procedente del aeropuerto de Heathrow se encontraban con una fila de espera de 30 minutos para poder tomar un taxi que debían compartir con otros clientes. «Me voy a arruinar. Me voy a gastar todo el dinero que tengo en llegar al hotel», decía con una risa algo nerviosa un turista italiano, que aterrizaba por primera vez en Londres, en un día caótico.


El despido de dos conductores del metro y el enfrentamiento entre el alcalde, el conservador Boris Johnson, y el líder del sindicato de transportes, Bob Crow, están detrás del paro. El alcalde, que es un tipo poco conciliador y con la lengua larga, ha dicho que Crow es un «demente» y la huelga del metro «una locura».


Johnson aprovechó que le seguían las cámaras para subirse a un transbordador en Westminster y hacer promoción del transporte fluvial por el Támesis. Al sur del río, en el barrio afrocaribeño de Brixton, un grupo de jóvenes se lanzaba por primera vez a coger la bicicleta. «Lo llevaba pensando desde hace mucho tiempo, pero nunca me había atrevido. Creo que hoy es el día», decía una estudiante, que como decenas de miles de londinenses trataron de llegar a su destino pedaleando.


Nada evitó sin embargo que la hora punta de regreso a casa fuera una pesadilla. Cines, teatros, restaurantes y bares medio vacíos sufrieron severamente las consecuencias de la huelga.


Tampoco se salvaron los hinchas del fútbol, que no alcanzaron a sentarse en las gradas del estadio de Wembley, que está bastante apartado del centro de la ciudad. Unos 70.000 espectadores debían presenciar en principio el partido de la selección de Inglaterra contra la de Andorra.


La Asociación de Fútbol advirtió que el acceso al campo sería difícil y prefirió jugar limpio, devolviendo, a quienes lo pidieron, el dinero de las entradas.

 
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